| Días
de Aquelarre (Bedlam Days) |
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Charles
Ludlam, 1970
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| Una medianoche
de 1968, junto con el ahora famoso cantante de rock David Johansen (NY Dolls,
Buster Poindexter), entonces apenas un adolescente que acababa de comprar
un ukelele para comenzar su carrera musical, asistimos a una representación
de Turds In Hell (Soretes en el infierno), la obra genial de Bill Vehr y
Charles Ludlam. Turds In Hell se estaba presentando en un teatro al final de la calle 42, cerca del Río Hudson y en el corazón de Hell's Kitchen, en esa época la zona más peligrosa de Manhattan. El local era en realidad un cine pornográfico durante el día y Charles Ludlam lo había logrado alquilar por muy poco dinero para poner en escena su espectáculo al terminar las funciones de cine. Las presentaciones de Turds In Hell a medianoche ya habían adquirido una fama clandestina y las funciones parecían más misas paganas que eventos teatrales. Esa noche el pequeño teatro estaba repleto de los personajes más extravagantes, (nosotros dos incluídos, era el final de los 60), y terminamos ubicados en la primera fila. |
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Bunny
Eisenhower, Lola Pashalinski, Bill Vehr en "Soretes en el Infierno"
(Turds In Hell) deBill Vehr y Charles Ludlam, 1968
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| En el primer
acto, Carla, la Gitana (interpretada por la estrella warholiana Mario Montez)
encuentra un bebé abandonado en la cima de una montaña y,
mientras admira en un impecable acento portorriqueño su gran pinga,
manos misteriosas aparecen por arriba del decorado con cajas del jabón
en escamas Ivory Flakes el cual, desparramado sobre la escena, simula la
caída de la nieve. Más adelante en la obra, luego ya de haber
conocido al Barón Burbujas en la Bañadera, a San Repugnante,
a San Frígido, al Angel Gaybriel, al Demonio, al Papa, al Jorobado
Retardado Maniático del Sexo (el bebé muchos años después),
a la Mujer Tortuga, a los Santos, los Monjes y las Putas, durante una tormenta
nocturna en medio del mar, emergen de las bambalinas brazos misteriosos
que lanzan a escena baldazos de agua para simular las olas gigantescas que
arrasan la cubierta. Y luego de hundirse la embarcación, cae una
cortina hecha de un gran pliego de polietileno que borrosamente cubre todo
el escenario y señala el comienzo de un ballet acuático en
el que fornidos bailarines, calzados en zapatillas de punta y luciendo tutús
y diademas, interpretan una escena alucinante de El Lago de los Cisnes sobre
un tablado que, luego del jabón y del agua, se ha vuelto sumamente
resbaloso. Pero estos anárquicos detalles escenográficos son en realidad secundarios. La obra, desde su principio, se despliega como una revelación espectacular y extraordinaria. Compuesta de frases de desconcertantes orígenes literarios, calculadas citas del teatro isabelino, Pirandello, Joyce, el cine clásico de Hollywood, chismes personales, bromas que sólo ciertos miembros de la audiencia podían comprender, estructurada como una obra épica e interpretada con una languidez cómica que nos hacía olvidar el tiempo y el espacio, Turds In Hell se asemeja a un turbulento sueño bajo la influencia de una droga probablemente inventada secretamente por Jorge Luis Borges y Raymond Roussel. Al finalizar la función fuimos a los camarines a saludar a los actores y es esa noche cuando comienza mi amistad con Ludlam y con los componentes centrales de su compañía. Si bien esta amistad se prolonga más allá de la muerte prematura de Charles en 1987 a los 44 años, mi oportunidad de iluminar, actuar, filmar y fotografiar la obra del Teatro del Ridículo se extiende sólo hasta el final de lo que Ludlam mismo calificaría más tarde como el primero de los tres períodos de su carrera, a los que consideraba por separado como si cada uno fuera una profesión distinta. Las fotografías incluídas en la exhibición en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires (MAMBA) pertenecen a ese primer período compuesto por aproximadamente siete obras teatrales realizadas entre 1968 y 1975. |
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Charles
Ludlam y Black Eyed Susan en "Los Eunucos de la Ciudad Prohibida"
(Eunuchs of the Forbidden City) de Charles Ludlam, 1971
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| En la publicación
póstuma de Las Obras Completas de Charles Ludlam (Harper & Row,
1989, 905 pgs.) se logra estimar su prolífica producción en
veintinueve obras de teatro. Steve Samuels escribe en la introducción:
En una importante era del teatro experimental, las caóticas
obras de Ludlam, sucesos que frecuentemente se extendían durante
toda una noche, debían ser vistos como extremadamente experimentales.
Ludlam se dedicaba simultáneamente al virtuoso uso del lenguaje y
al consumado ejercicio físico de sus presentaciones en escena con
la energía de choques de filosofías opuestas y de disparatados
estilos de actuación. Trajes y decorados extravagantes y llamativos,
personajes desnudos y sexo simulado se sobreponían a las palabras
de Wilde, Joyce, Shakespeare y Baudelaire. Pero seguramente esta breve cita del crítico Don Nelsen del New York Daily News y que aparece en la contratapa de la recientemente publicada biografía 'Ridiculous! The Theatrical Life and Times of Charles Ludlam' de David Kaufman (Applause Books, 2002, 500 pgs.) es la que revela el verdadero misterio: ¿Laurence Olivier? ¡Bah! ¿Gielgud, Scofield, Brando y todo el resto de la llamada elite? ¡Tonterías! ¡El actor más versátil del mundo occidental es un hombre llamado Charles Ludlam! |
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Robert
Reddy, Black Eyed Susan, Bill Vehr, Charles Ludlam, Robert Breers, Stephen
Sterne y Lola Pashalinski en "Camille" de Charles Ludlam, 1973
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| Todos los que llegamos a conocer a Charles, a verlo actuar y dirigir coincidimos. Charles Ludlam, considerado por los críticos como un Moliere americano, era un genio. Tal vez yo habré visto obras de arte geniales, habré estado cerca de gente de enorme talento pero, con la excepción de Ludlam, no creo haber nunca conocido a un genio. Verlo actuar era la llegada de los reyes magos, la epifanía. Con brasas en sus ojos Ludlam podía simultáneamente hacernos llorar y reir, pensar y soñar, evocar los más distantes fuegos, manifestar las ideas más complejas con su humor, su lenguaje, su osadía, sus gestos y su fuerza y agilidad física en el escenario. Ludlam era un genio y en su generosidad creativa daba la bienvenida a los actores y personajes más osados y marginados del mundo de las artes. Ahora, cuando su obra y su influencia están siendo ampliamente reconocidas, vemos que la mayoría de los que lo siguieron en su campaña de liberación también ya han caído como guerreros. Sólo quedamos los castos, los cautelosos, los precavidos. Los demás, encabezados por Charles, se han ido a entretener a los dioses. | ||
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Leandro
Katz, NY, 2002
Notas para la exhibición Días de Aquelarre (Bedlam Days), Museo de Arte Moderno de Buenos Aires (M.AM.B.A), curada porLaura Buccellato. 2003. |
| Colecciones
públicas The New York Public Library for the Performing Arts - Lincoln Center, Billy Rose Collection Robert Wilson and The Watermill Center |
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Texto
y fotografías de Leandro Katz©1969-2008
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